Pensar y reflejar
Jorge Esteban López García
Tlaxco Tlax., 23 enero 2008
Siempre se está dispuesto a tocar la puerta, esperar a que abran. La espera provoca muchos sentimientos, emociones, pensamientos. Multitud de preguntas flotan en la mente, se hace la confusión. Se duda desde antes de tocar, en cuanto se está dispuesto a buscar la casa y la persona, se abandona uno para ir al punto indicado. ¿A ese abandono se refiere Wittgenstein? Al preguntarse como si no existiera la cuestión pero se muestra porque se tiene que mostrar, porque tiene que existir para que se haga posible el mundo, para que tenga sentido. A ese ir a tocar la puerta sin adelantarse a la respuesta, sin esperar una respuesta sino cualquier respuesta; asistir con la intención de experimentar la duda.
Esta reflexión nace de la lectura del libro Wittgenstein y el psicoanálisis de John M. Heaton, en donde se hace una comparación entre la tarea del psicoanalista como un espejo de mentes y la tarea del filósofo que vive en esa mente y la comprende, pero desde aquella perspectiva epistemológica del preguntarse. Al contrario de la obra referida, este ensayo no tratará el concepto espejo, se usará la palabra reflejar a manera de metáfora para comprender la duda y diferenciarla del simple repaso mental, que se pone muy de moda en nuestras instituciones académicas.
El problema en sí reside en la cuestión epistemológica, ética y hasta moral de qué es el conocimiento. Tomando en consideración a Wittgenstein, él da un importante paso al retomar el problema desde la pregunta por el mundo para después llegar a las otras cuestiones que desencadenan implícitamente en la duda.
Wittgenstein nunca habló de la duda como tal, pero sí de las cuestiones más importantes de la Filosofía. En el Tractatus critica las cuestiones del escepticismo y los resultados de la ciencia, por ser “manifiestamente absurdo, cuando quiere dudar allí donde no puede preguntarse,”[1] en el otro caso por dar proposiciones tautológicas, sin sentido pero que son las únicas que dicen la verdad.[2] Es entonces que se decide a expresar que la Filosofía debe aclarar pensamientos, pero para esto hay que tener esa famosa ‘actitud pensante’, el famoso subir la escalera y tirarla.[3] Dudar es una forma de tirar la escalera, parece ofrecer el libro de la vida cartesiano, el abandonarse en el mundo.
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Siguiendo con el tema. Es sobre todo en la segunda etapa del vienés donde hay pensamientos que muestran esta aventura del sujeto. El dejarse ir en el mundo sin esperar una respuesta concreta, eso es el mundo, el sólo vivir y lo que te resulta de eso.
Y la famosa “actitud pensante”, que uno mismo y por uno mismo debe alcanzar, se muestra en la primera etapa, donde es crítico de las proposiciones científicas por el simple hecho de ser expresadas con olor a verdad. Porque al mundo lo abordamos como en espera de algo, queriendo que haya esa luz al fondo que nos ilustre y elimine nuestras dudas, pero como dijo el mismo Wittgenstein en su primer diario publicado póstumamente con el título de Movimientos del Pensar:
La verdad, “es una cosa vacía”, una especie de velo donde el humano se oculta así mismo.[4]
Al respecto explica John M. Heaton una de las proposiciones wittgensteinianas de Cultura y Valor:
“Wittgenstein enseñó que de nada sirve que simplemente se nos diga una verdad si el error sigue en pie. Es necesario encontrar un camino que nos lleve del error a la verdad y para ello debemos zambullirnos en las aguas de la duda una y otra vez:
No podemos decir la verdad, si aún no nos hemos conquistado a nosotros mismos. No podemos decirla, pero no porque aún no seamos lo suficientemente inteligentes. La verdad sólo puede ser dicha por quien ya se siente como en casa con ella; no por quien aún vive en la falsedad, que no hace más que intentar alcanzarla desde la falsedad.”[5]
Con esto, al parecer para Wittgenstein pensar es dudar, pensar es razonar, pensar es una actividad intelectual, pensar es saber y buscar el conocimiento y la verdad. Reflejar es tan sólo decir lo que afuera nos encontramos, confluir ideas a modo de repaso, apuntar sin preguntarse.
Sin embargo la duda no es fabricada, no es algo que se compre. “El pensamiento no es una línea de producción. El “pensamiento” compulsivo, generalmente experimentado como algo que está en la cabeza y que dista de ser claro, no es lo mismo que una actitud pensante.
Nadie puede pensar un pensamiento por mi, así como nadie puede ponerse mi sombrero por mi.”[6]
La duda es una forma de mostrarnos pensantes, pero en esa actitud que se toma de abandonarse en uno mismo. Ésta sólo se da como la luz del día, pues las sensaciones que la realidad provoca en los seres humanos son tan profundas –la sorpresa- que nos abandona a un estado de confusión. Pensar es dudar, estar confundidos del todo.
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Abandonados en el supuesto de estar en un mundo, alienta a no responderse y siempre ser escépticos tal vez en un sentido superficial. Siempre ha existido la caracterización de un Wittgenstein nihilista, de alguien que al fin encontró que no había nada. Aún así, el juego de estar dentro del mundo le permitió descifrar que podemos caminar por allí sin antes preguntarnos por qué pongo el pie de este lado o por qué la mano está a mi derecha justificando que la duda no es algo práctico.
Decir solamente que mi ojo derecho y mi ojo izquierdo es una respuesta, es decir nada, porque esa no es la confusión. Ésta se haya en uno mismo, se muestra cuando preguntamos ¿quién soy?, ¿sabemos que esta mano y la otra…?, ¿la tierra girará dentro de un segundo?, ¿qué es conocimiento?
Preguntamos qué es conocimiento, y sin embargo conocemos. Preguntamos sobre la verdad, no sabemos qué es, pero hablamos de ella. Al respecto está la cita de San Agustín que Wittgenstein refiere en sus Investigaciones Filosóficas: Cuando me preguntan algo no sé, y cuando no, sé todo. El vienés a eso quiere llegar, a la aclaración de este tipo de cuestionamientos que muestran eso que buscamos en el fondo.
Para Wittgenstein está el vaciarnos en aclarar estas confusiones, en dudar sobre nuestro mundo. Porque allá afuera todo anda bien, las puertas se abren si tocamos y hay dentro alguien, cuando no sucede así, dejamos un recado y regresamos al otro día o ni siquiera intentamos aclarar nuestro pensamiento sobre la casa y sus habitantes. Pero sí queremos aclarar lo que pasa en nuestro mundo.
“El mundo es todo lo que es el caso”,[7] y según Wittgenstein, en el prólogo, sólo hay que comprenderlo desde nosotros mismos si nos damos cuenta de que se da todo lo que se tiene que dar, de que conocemos lo que tenemos y podemos conocer, de que sucede o no sucede. El mundo es eso, el conocimiento es el mundo y dudamos de ello.
O como aquella pregunta wittgensteiniana: “¿O es que esa aversión absoluta a utilizar aquí palabras es una especie de huída?”[8]
La duda entonces, termina siendo una parte de la respuesta a la pregunta por el conocimiento. No la respuesta discursiva y repleta de palabras, sino la respuesta real y más cercana a la verdad. Wittgenstein expresa que no podemos vernos a nosotros mismos a los ojos y contemplarnos, es necesario estar fuera del mundo para poder vernos, para poder ver el mundo, de lo contrario responderemos equivocadamente a qué es el mundo, conocimiento, etc. Mientras, sólo podremos respondernos mediante lo que se muestra, y esto sólo se alcanza por la duda pues no podemos vernos desde fuera.
Bibliografía
· John M. Heaton, Wittgenstein y el Psicoanálisis, GEDISA, España: 2004, pp. 95
· Wittgenstein L. Movimientos del pensar/Diarios 1930-1932/1936-1937 [Ed. Ilse Somavilla y Trad. Isidoro Reguera], Pre-Textos, España: 2004
· Wittgenstein, Ludwig, Tractatus logico-philosophico, Alianza, España: 2002, pp. 215
[1] Wittgenstein L., Tractatus, § 6.51
[2] § 4.11
[3] § 6.54
[4] Wittgenstein L., Movimientos del Pensar (12.10.31/§ 97/Pág. 66)
[5] Heaton John M., Wittgenstein y el Psicoanálisis, p. 17
[6] Ibíd. (p. 18)
[7] Wittgenstein L., Tractatus, § 1
[8] Wittgenstein L. Movimientos del Pensar, (15.02.1937/§ 173/ Pág. 109)
